Blanca Nieves y los siete enanitos

    • Título:Blanca Nieves y los siete enanitos
    • Autor:Los hermanos Grimm (Compilador)
    • Ilustradores:Juan Pablo Rojas • Miguel Yein • Omar Ramírez
    • Editorial:Ediciones Culturales Internacionales, S.A. DE C.V.
    • Páginas:1

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Lectura recomendada a partir de los 3 años en adelante…

 

BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANITOS

Había una vez… una princesita encantadora cuya belleza enorgullecía a los habitantes de su reino. Su cabello negro contrastaba con su piel tan blanca como la nieve, por lo que su padre, el Rey, la llamó Blancanieves. Su madrastra, la Reina, era muy vanidosa y a diario, durante años, le había preguntado a su espejo mágico:

—Espejito, espejito, dime por favor, ¿quién es la mujer más hermosa de este reino?

Y el espejo siempre le respondía:

—Tú, ¡por supuesto! Eres la más hermosa de todas las mujeres.

Pero un día, después de muchos años de repetirse esta situación, la Reina una vez más le preguntó a su espejo quién era la mujer más bella del reino y el espejo la tomó por sorpresa:

—Blancanieves —respondió, desatando la furia de la envidiosa mujer.

Desesperada con la situación, le ordenó a un cazador:

—Lleva a Blancanieves a la parte más espesa del bosque y mátala. Como prueba de tu acto quiero que me traigas su corazón para estar segura de que no la volveré a ver.


El cazador obedeció la orden de la Reina: llevó a Blancanieves al bosque pero la dulzura de la joven lo conmovió, así que en lugar de realizar el malvado acto, le dio indicaciones para que buscara un buen escondite; de regreso al castillo le sacó el corazón a un jabalí que prepararía para comer y se lo entregó a la Reina quien se sintió muy feliz, por primera vez en muchos años, sin la presencia de su hijastra.

Blancanieves corrió tan lejos como pudo, cayendo y lastimándose con las piedras y troncos que encontraba a su paso. Al llegar la noche estaba muy cansada y triste, pero no se detuvo. De pronto, encontró una casita, golpeó la puerta en busca de ayuda pero nadie respondió, así que decidió entrar.

Se sorprendió al encontrar una mesita sobre la que resplandecían siete platitos de porcelana, siete tacitas y unos cubiertos diminutos. En otra habitación, siete camitas alineadas la invitaron a recostarse y acomodándose sobre éstas se quedó dormida de inmediato.

Casi a la medianoche, los dueños de la casita regresaron, cansados de trabajar todo el día en una mina de oro ubicada en el interior de una montaña. Al entrar en la habitación, se sorprendieron al ver a la jovencita durmiendo sobre sus camas; se acercaron en silencio para no despertarla, la observaron y quedaron maravillados con su hermosura. Luego, salieron de puntillas para no despertarla, y se sentaron a la mesa a cenar. En medio de susurros se preguntaron quién sería la hermosa niña y por qué razón estaría en el bosque a esas horas. Pero como sólo a la mañana siguiente podrían conocer los detalles, se fueron a dormir a otro lugar de la casita.

Cuando Blancanieves despertó, estaba rodeada por siete enanitos. Al principio sintió temor, pero ellos la interrogaron con tal amabilidad que la joven se tranquilizó. Cuando les contó su historia, con lujo de detalles, de inmediato los enanitos le ofrecieron ayuda:

—Si lo deseas, quédate con nosotros para siempre. Te cuidaremos muy bien y, si quieres, puedes cocinar y ocuparte de las tareas hogareñas. Nos alegraría compartir nuestra vida contigo.

Blancanieves aceptó feliz.

Desde ese día se levantaba antes que sus amiguitos, les preparaba un buen desayuno y los despedía en la puerta cuando salían a trabajar; luego, ordenaba la casa, hacía la comida y lavabala la ropa. Por las noches los enanitos llegaban cantando, felices de encontrarla en casa. Sin embargo, no dejaban de recordarle que se cuidara, porque su madrastra podría dar con su paradero y hacerle daño.

En el reino nadie comprendía por qué la hermosa princesa había desaparecido de repente. Aunque la buscaron, no la encontraron. El Rey estaba desconsolado y la Reina simulaba una tristeza que estaba lejos de sentir. Un día le preguntó al espejo:

—Dime, espejito, ¿quién es ahora la mujer más hermosa de este reino?

El espejo no dudó en responderle:

—Sigue siendo Blancanieves.

–¿Qué estás diciendo? Blancanieves ya no está.

—Blancanieves vive feliz en el bosque —continuó diciendo el espejo—, en la casa de unos enanos que la cuidan.

La reina montó en cólera al saber que su hijastra seguía viva  y que todo había sido una farsa. Un día salió del palacio disfrazada de viejecita, con una cesta de manzanas colgando de uno de sus brazos; la más roja y perfumada de las frutas guardaba en su interior el veneno que le permitiría librarse de su hijastra para siempre.

Caminaba despacio cuando divisó un sendero que conducía a la casita de los enanos. Adentro, Blancanieves, inocente, limpiaba y entonaba las melodías que los enanitos le enseñaban cada noche que regresaban de la mina.

Cuando la malvada mujer llamó a la puerta para ofrecer sus deliciosas manzanas, Blancanieves dudó un momento al recordar las advertencias de sus amigos, pero como era una anciana la que llamaba, no le inspiró ningún temor. La bruja tomó la manzana envenenada y se la ofreció.

—Pruébala —la invitó—. ¡Verás que después de saborear algo tan especial me las comprarás todas!

Un solo mordisco bastó para que Blancanieves cayera al suelo, sin sentido. Sonriendo, la malvada mujer se alejó rápidamente.

Cuando los siete enanitos llegaron por la noche, encontraron a la hermosa joven tendida en el piso sin respirar. Llorando amargamente, la levantaron entre todos y la recostaron sobre sus camitas. Blancanieves, su muy amada amiga y compañera, ¡había muerto! Los pequeños hombres estuvieron de acuerdo en cubrirla con una urna de cristal para contemplarla un poco más y darle la oportunidad a los animalitos del bosque de despedirla.

A la mañana siguiente, los afligidos hombrecitos la depositaron dentro de la urna y colocaron a su alrededor las flores preferidas de Blancanieves. Pendientes de todos los detalles, no se dieron cuenta   de la presencia de un príncipe que pasaba por allí, quien, atraído por aquella escena, desmontó su caballo y se acercó. No daba crédito a lo que veía: esa joven era realmente hermosa.

Antes de retirarse, les pidió a los enanitos que levantaran la urna, se acercó y, para llevarse el mejor recuerdo de la mujer a la que hubiera querido tener a su lado el resto de su vida, le dio un beso.

Inmediatamente Blancanieves lanzó un suspiro y abrió los ojos. Increíble, pero el beso del enamorado príncipe la había liberado del hechizo de la malvada madrastra. Los enanitos bailaron de alegría, agradecidos con el príncipe, quien levantó a la sorprendida joven y la llevó hasta su caballo. El amor floreció en   sus corazones, se casaron y vivieron felices por siempre.

 

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