La colina de los muertos. Y otras historias que tiemblan de miedo

    • Título:La colina de los muertos. Y otras historias que tiemblan de miedo
    • Autor:Ricardo Chávez Castañeda
    • Ilustrador:Margarita Sada
    • Editorial:Ediciones El Naranjo
    • Páginas:128 pp.
    • Grado:Primaria y secundaria
    • Para:Lector Intermedio

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Lectura recomendada a partir de los 9 años en adelante…

Sinopsis
Este libro incluye siete historias peculiares, extrañas, con personajes complicados y llenos de matices y presencias siniestras. En ellos se abordan temas inusuales en la literatura infantil y aun en la juvenil: los miedos, la muerte, la soledad, el desamor, la desesperanza, la tristeza, lo sobrenatural, y en todos lo desconocido o lo inexplicable se cuela, generando en los lectores una serie de emociones extrañas. Aquí, no son los monstruos, las brujas o los gatos negros los que causan miedo, sino que es la vida misma la que está llena de zonas oscuras y de abismos.

 

Semblanza autor:
Ricardo Chávez Castañeda nació en la Ciudad de México en 1961. Estudió la licenciatura de Psicología en la UNAM, aunque, al terminar su carrera, se dedicó a tomar talleres de creación literaria, asistió a la Sogem y, poco a poco, se fue dedicando a la escritura y a la docencia. A pesar de ello, él se dice un escritor “que se ha formado en solitario”. Su obra ha obtenido un sinfín de premios y reconocimientos. Actualmente reside en Estados Unidos, donde es profesor de escritura creativa en el Middlebury College, Vermont.

 

 

Semblanza ilustradora:
Margarita Sada nació en 1966. Estudió Diseño Gráfico en el INBA y obtuvo la maestría en Artes Visuales en la Academia de San Carlos. Ha expuesto en forma individual y colectiva, y ha ilustrado muchos libros para niños y jóvenes.

 

Beneficios del libro:

  • Promueve valores primordiales como la amistad, la bondad y la esperanza.
  • Recurre a uno de los géneros preferidos por los niños: terror y suspenso.
  • Prepara al lector para entender las ilustraciones o dibujos como una forma de simbolización.
  • Aborda el tema de la muerte de una manera natural, honesta, sin ningún gran discurso.
  • Desarrolla en el lector habilidades y destrezas para comprender diferentes textos y géneros.

 

Público:
• Niños de 9 a 12 años.
• Padres de familia.
• Maestros de primaria, secundaria, profesores de español.
• Psicólogos.
• Promotores de lectura.

Empieza a leerlo…


Cuento: “La colina de los muertos”

Tenía nueve años cuando descubrí que las personas al morir sólo se mudan a otra colonia de la ciudad.

Aquella vez iba de regreso a casa, muy bien sentado en el verde camión de pasajeros llamado “perico” y que ya no existe, con mi mochila en las piernas, leyendo, como siempre, una historieta que me compraba con el dinero del almuerzo. De pronto, sin ninguna razón aparente, perdí el interés en la historia y miré a través de la ventana. Balanceándose lentamente en una mecedora, frente a una puerta abierta de una casa que jamás había visto, en una calle de un barrio lejano a nuestro barrio, estaba no un señor cualquiera sino el recién fallecido señor enojón.

El señor enojón había sido el dueño de la tienda de abarrotes de nuestra colonia, la tienda más pequeña que he visto en mi vida, allí donde dos personas no cabían juntas y entonces había que hacer cola en la banqueta para realizar las compras. Inexorablemente era yo quien iba por los encargos de mi mamá a la tienda e, inexorablemente también, era a mí a quien le cogía la tembladera apenas entrar. Lo de “señor enojón” no era un apodo sino una verdadera definición. Ese hombre, de nariz enorme como racimo de granos y de orejas inmensas semejantes a un par de arañas blancas, siempre estaba a punto de explotar.



—¿Qué quieres? —preguntaba él con una voz cascada y solemne, y me dejaba caer encima sus enormes ojos bulbosos.

—Me da… Por favor, me da… Me da, por favor… —tartamudeé dos semanas atrás cuando me llegó mi turno, aunque afuera, mientras estuve esperando en la cola, practiqué: “un cucurucho de chiles jalapeños, un cuarto de petróleo, diez bolillos y un pan de chocolate, sal gorda, y los cigarros de mi papá”, repitiéndolo mentalmente hasta que me salió de corridito.

—Te vas a decidir de una vez —rugió porque yo no atinaba a empezar el pedido, y, apoyando sus manos grandes y rojas en el cristal del mostrador, se echó hacia adelante haciendo que sus ojos se volvieran más negros y más duros y se clavaran en mí, igual que las estacas se hundían en el pecho de los vampiros de todas mis historietas.
Cada vez más asustado, bajé la vista hasta mis pies, pero, fascinados, mis ojos volvieron a subir por su cuenta para detenerse nuevamente en la cara del señor enojón. Su rostro era un espectáculo de miedo; como un volcán que va poniéndose cada vez más rojo, pero también como una persona que va transformándose en león.


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