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Caperucita Roja

    • Título:Caperucita Roja
    • Autor:Los hermanos Grimm (Compilador)
    • Ilustradores:Juan Pablo Rojas • Miguel Yein • Omar Ramírez
    • Editorial:Ediciones Culturales Internacionales, S.A. DE C.V.
    • Páginas:1

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Lectura recomendada a partir de los 3 años en adelante…

 

CAPERUCITA ROJA


Había una vez… una niña que vivía con su madre en una casita cerca de un bosque. Su abuelita, que se pasaba el día bordando y tejiendo, habitaba no muy lejos de allí. Madre e hija la visitaban seguido y siempre le llevaban alimentos.

Una mañana, al despertar, la niña encontró sobre su cama un regalo: una prenda de color rojo hecha por su abuelita. Nunca había visto nada igual, y por eso preguntó extrañada:

—¿Qué es esto, mamá?

—Es una caperuza —respondió la madre, sonriendo—. Ya no se usan, pero sabes que la abuela no está al tanto de la moda.

—¿Caperuza?

—Sí, así se llama esta capucha pegada a la capa —le explicó—, y abriga mucho. Cuando era pequeña yo también usé una igual.

—Me parece muy bonita —dijo la niña,  probándose la prenda—. Tiene bordados y el color me encanta. Me la pondré cuando vaya a visitar a mi abuelita, para que vea que me gustó mucho su regalo.

A partir de ese día la niña usó su caperuza todos los días. Por eso la gente comenzó a llamarla Caperucita Roja.

Habían pasado unos cuantos días cuando la madre le  pidió a la niña:

—Debes llevarle estos panecillos recién horneados a la abuela. —Mientras, llenaba una pequeña cesta con frutas, mermeladas y mantequilla casera—. Pregúntale cómo está, si necesita algo más, y regresa rápido. Ve y vuelve por el camino de siempre. No cruces el bosque ni te detengas a hablar con nadie, porque puede ser peligroso.

Después de andar un rato, a Caperucita Roja se le ocurrió adornar con muchas flores la cestita. Pero, ¿dónde encontrarlas? ¡En el camino no crecían flores! Así que, olvidando la recomendación de su madre, se internó en el bosque. Estaba feliz, cortando capullos de los más variados colores y aromas, cuando de pronto se le acercó el lobo.

—¡Qué hermosas flores has recogido, querida niña! —El lobo metió el hocico en la cesta para oler los panecillos—. ¿A quién le llevas esos alimentos tan sabrosos?

 —A mi abuelita que vive en el otro extremo del bosque.

—Pero te demorarás en llegar porque eres pequeña y no caminas rápido. Yo me adelantaré y le avisaré a tu abuelita que vas en camino.

Se relamió la boca porque hacía tres días que no comía y salió corriendo.

Caperucita Roja continuó agregando flores a un ramillete. Mientras tanto, el lobo llegó a la casa de la abuelita. Aunque golpeó varias veces la puerta con su cola, nadie le abrió. ¿Se habría equivocado de lugar? ¡No! Era la única casa situada en el otro extremo del bosque. De pronto, una voz débil preguntó desde el interior:

—¿Quién está ahí?

—Soy yo, abuelita, Caperucita Roja —el lobo cambió la voz—. Te traigo cosas muy sabrosas y frescas que te envió mi mamá.

—Empuja la puerta con fuerza —dijo la abuela.

Así lo hizo el lobo y, sin perder tiempo, se abalanzó sobre la indefensa viejecita que estaba acostada y la metió en una bolsa que guardó en un mueble viejo,   para más tarde saciar su hambre. Rápido se puso un camisón y un gorro de dormir de la anciana y se metió en la cama a esperar a la niña.

Cuando Caperucita Roja entró en la casa de su abuelita, se extrañó porque la encontró acostada. Dejó la cesta sobre la   mesa y se le acercó.

—Abuelita, ¿qué tienes? ¿Estás enferma? ¿Por qué te han crecido tanto las orejas?

—Para escucharte mejor, pequeña —contestó el lobo.

Caperucita continuó mirándola, extrañada.

—¡Tus ojos también están más grandes! ¿Dónde dejaste tus anteojos?

—Se me han agrandado los ojos para verte mejor, por eso ya no necesito los anteojos —le sonrió el lobo para no asustarla.

Pero al sonreír mostró sus enormes dientes y entonces Caperucita continuó preguntándole:

—Abuelita, ¿por qué tienes los dientes tan grandes?

—Para comer todo lo que me trajiste en esa cesta. —El lobo se levantó y de un salto también quiso atrapar a Caperucita, pero la  niña al darse cuenta de sus malas intenciones corrió por entre los muebles, esquivándolo, en medio de gritos.

Unos leñadores que habían visto al lobo merodeando por la  casa de la viejecita y a Caperucita Roja que iba caminando sola, al escuchar los gritos de la niña corrieron a ayudarla. Luego de abrir la puerta inmovilizaron al feroz animal y lo metieron en la misma bolsa de donde sacaron a la abuelita.

Caperucita, asustada, sin pronunciar palabra alguna, escuchó el relato que le hizo su abuelita a los leñadores. Al final, la anciana y su nieta les agradecieron su buena obra y los hombres levantaron la bolsa con el lobo adentro, para llevarlo a un bosque lejano. A partir de esa desagradable experiencia, Caperucita Roja escuchó atenta todos los consejos de su madre.

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