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El caracol y el rosal

    • Título:El caracol y el rosal
    • Autor:Hans Christian Andersen
    • Ilustradores:Juan Pablo Rojas • Miguel Yein • Omar Ramírez
    • Editorial:Ediciones Culturales Internacionales, S.A. DE C.V.
    • Páginas:1

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Lectura recomendada a partir de los 3 años en adelante…

 

EL CARACOL Y EL ROSAL

Había una vez… un caracol que vivía en un hermoso jardín florido y llevaba siempre su casa a cuestas. Era todo lo que poseía. Se la pasaba observando todo cuanto sucedía cerca de donde se encontraba: las vacas brindaban su leche todas las mañanas, las ovejas ofrecían cobijo con su lana, las plantas producían vistosas flores y los árboles regalaban sus frutos. En cambio él tan sólo hablaba de su inteligencia y de que algún día sorprendería al mundo.

Un rosal que adornaba el centro del jardín, orgulloso porque siempre estaba cubierto de flores, le preguntó:

—Amigo, ¿cuándo nos enseñarás algo de lo que tú haces?

El caracol le contestó que en el momento menos pensado los sorprendería. Pasaron los meses y cuando llegó el invierno con su carga de nieve, el caracol se enterró en la tierra para no congelarse; en cambio, el rosal permaneció de pie, aunque debido al frío perdió sus hojas y flores y se inclinó casi hasta tocar el suelo.

Al llegar de nuevo la primavera, la naturaleza renació con todo su encanto: las flores brotaron, los frutos comenzaron a madurar, y todo en el paisaje era verde y perfumado. Cuando el caracol salió de su escondite vio al rosal que mostraba orgulloso su nuevo follaje.

—¿Cómo te fue en el invierno? —le preguntó el caracol.

—Mis pies se congelaron y me dobló el peso de la nieve. Me di cuenta de que ya no soy tan joven y que cada vez me cuesta más producir flores.

—Pronto morirás—comentó el caracol con burla—, y no has hecho cosa distinta a producir rosas. ¡Valiente gracia!

—Me asusta que me hables de esa manera —dijo el rosal.

—Has vivido mucho tiempo —continuó diciendo el caracol—, ¿y jamás te has preguntado para qué viniste a este mundo?

—Bueno… —titubeó el rosal— la naturaleza ha sido bondadosa, conmigo y yo le agradezco con mis hermosas rosas.

—Una vida bastante cómoda, ¿no te parece?

—Sí, lo ha sido —aceptó el rosal—. ¿Y qué me dices de ti? Presumes de tu inteligencia, hablas de asombrar al mundo, pero no haces nada útil.

—¿Cómo no? Sucede que yo me aprecio tanto que todo lo hago pensando en mi bienestar y me tiene sin cuidado lo que piensen los demás. No me interesa nada del mundo.

—Creo que cada uno debe dar a los demás lo mejor de sí mismo —opinó el rosal.

—¡Cállate! —exclamó el caracol—, y sigue acaparando con tus flores; la atención de todo el que pasa yo, en cambio, no necesito elogios de nadie. Así estoy bien.

Y diciendo esto, el caracol se metió de nuevo en su caparazón.

—Yo no puedo esconderme —dijo el rosal al ver la actitud del caracol—, pero me siento orgulloso de mis rosas; con ellas las personas se demuestran amor, con su aroma evocan momentos agradables; por ello, algunas guardan mis pétalos. Esos momentos son inolvidables.

Pasaron los años y el rosal y el caracol terminaron sus ciclos de vida, pero otros de su misma especie repitieron una y otra vez la historia.

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