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El gato con botas

    • Título:El gato con botas
    • Autor:Charles Perrault (Compilador)
    • Ilustradores:Juan Pablo Rojas • Miguel Yein • Omar Ramírez
    • Editorial:Ediciones Culturales Internacionales, S.A. DE C.V.
    • Páginas:1

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Lectura recomendada a partir de los 3 años en adelante…

 

EL GATO CON BOTAS

Había una vez… un anciano molinero, muy pobre y muy enfermo. Sus tres hijos se turnaban para atenderlo y para trabajar en el molino, pues de este provenía su sustento. Cierto día, el molinero murió y los hijos heredaron los únicos bienes que su padre les había dejado: el molino, un burro y un gato. El mayor se quedó con el molino y el hijo del medio con el burro. Muy desconsolado por recibir tan poco, el menor aceptó su pobre herencia.

“Mis hermanos pueden trabajar juntos, pero lo único que yo podré hacer será comerme el gato y utilizar su piel, para luego morirme de hambre”, pensó mientras cargaba en brazos al animal, que no perdía detalle de los gestos de su nuevo amo.

—Te veo preocupado —le dijo de repente el gato—. Pero no debes afligirte, pues tu herencia no es poca cosa. ¡Déjame demostrártelo, pero para ello debes conseguirme primero un buen saco, un gran sombrero y unas botas!

Aunque el ofrecimiento lo hizo sonreír, el joven sabía cuán astuto era este animal cuando de cazar ratas y ratones se trataba. ¿Sería posible que encontrara la manera de socorrerlo en su miseria? Aunque no muy convencido, le dio lo que había pedido. Una vez vestido y calzado, el gato colgó el costal en su hombro y se dirigió velozmente a los zarzales, donde vivían muchos conejos; llenó el costal con salvado y hierba, y se acostó en el suelo simulando estar muerto. Al poco rato un conejito se metió en el costal, feliz de haber encontrado tanta comida gratis. De inmediato, el gato cerró el saco y lo dejó adentro. Luego se dirigió al castillo del lugar y pidió hablar con el Rey. Cuando lo invitaron a pasar a la gran sala, hizo una gran reverencia con su sombrero.

—¡Dignísimo Rey! Gracias por atender a este humilde servidor. Vengo a traerte un conejo de campo que mi amo… —tosió mientras le inventaba un nombre—, el Marqués de Carabás… ha querido obsequiarte.

El Rey, muy halagado por el regalo del Marqués, lo agradeció efusivamente.

Durante muchos meses el gato continuó llevando lo que cazaba al Rey, diciendo que era de parte de su amo el Marqués de Carabás. Con el tiempo el soberano invitó al gato a sentarse a la mesa real. Los criados y cocineros lo consentían y le contaban todos los chismes del palacio. Así fue como se enteró de que el Rey y su hija, una princesa muy hermosa, irían a pasear por la ribera del río al día siguiente.

Al llegar a la casa de su amo le dijo:

—No me hagas preguntas. Sólo sigue mi consejo y podrás ser rico. Debes meterte en el río, en el lugar que te indique, y no abrir tu boca al ver lo que haré.

El amo, sorprendido y divertido por las mañas de su gato, hizo lo que este le había aconsejado, aunque desconocía sus planes.

Al cabo de un rato, el carruaje del Rey pasó por el lugar y el gato comenzó a gritar:

—¡Socorro! ¡Auxilio! ¡El Marqués de Carabás se está ahogando!

El Rey asomó su cabeza por la ventanilla y, al reconocer al gato que tantos obsequios le había llevado, ordenó a sus guardias que socorrieran al Marqués. Mientras tanto, el gato aprovechó para contarle al soberano lo sucedido.

—¡Majestad! Unos ladrones atacaron a mi amo y le quitaron sus lujosas ropas. Avergonzado por su desnudez, al escuchar que se acercaba un carruaje, quiso ocultarse en el río, con tan mala suerte que casi se ahoga. ¿Qué podía hacer yo? Como todo gato, detesto el agua…

El Rey creyó sus mentiras y de inmediato ordenó que trajeran el mejor de sus trajes para que el Marqués de Carabás se presentara como era digno de su jerarquía. El gato no contó que había escondido las humildes ropas de su amo detrás de unas piedras…

¡Qué guapo se veía el joven con esas ropas lujosas! El Rey quedó encantado con su gallarda figura y con lo callado que era.

¡Cómo iba a hablar si él mismo no entendía lo que estaba pasando!

La Princesa no dejaba de mirarlo… Cuando el

Rey lo notó, pensó de inmediato:

“¡Haría buena pareja con mi hija! pero es preciso saber algo más de él. Ella es mi tesoro más preciado y debo ser cauteloso”.

—Marqués, ¿querría acompañarnos en nuestro paseo? Así se olvidará del mal rato. Pienso que a la Princesa no le molestará su compañía —comentó el Rey, divertido, al ver cómo su hija se sonrojaba.

Aunque el gato también estaba invitado, no aceptó acompañarlos. Al ver de qué manera astuta había manejado el Rey todo el asunto, decidió ganarle la partida.

El gato salió corriendo tan rápido que casi pierde sus botas. Al llegar a unos campos, se paró ante los segadores que recogían la cosecha. Ellos se quedaron petrificados. ¡Nunca habían visto un felino tan elegante! ¡Hasta botas tenía! Aprovechándose de su asombro, les dijo:

—¡Amigos! Como ven, no soy un gato cualquiera, sino uno de noble estirpe… ¡con grandes poderes! Pronto pasará por aquí el carruaje de nuestro Rey y si les pregunta quién es el dueño de estos campos, deberán decirle que pertenecen al Marqués de Carabás —sonrió con perversidad—, porque es cierto y ustedes no lo sabían. Recuerden: los campos son del Marqués de Carabás.

Efectivamente, poco después el Rey pasó por el lugar y al ver tan abundante cosecha quiso saber quién era el dueño de esos campos.

—¡Su Majestad! —dijeron en coro los campesinos—. ¡Estos campos son del Mar… qués de Cara…bás!

El Rey ya no tuvo dudas: debía casar a su hija con este noble que, además de guapo, era inmensamente rico.

El gato, sin perder tiempo, siguió su recorrido y visitó a un ogro, dueño de un lujoso castillo por donde también pasaría el carruaje del Rey, y lo retó:

—Me han dicho que eres capaz de convertirte en un ratón, pero no lo creo.

—Después de que veas mis poderes te quedarás sin palabras—le contestó el ogro y se convirtió en un ratoncito.

El gato lo devoró, y al oír que se acercaba el carruaje salió para invitar al Rey a que pasara al castillo del Marqués de Carabás; una vez adentro, el soberano no vaciló en pedirle al supuesto Marqués que aceptara ser su yerno ya que veía el amor que había surgido entre él y su hija.

Así fue como el hijo menor del molinero pasó a ser el esposo de la Princesa, y el gato con botas se convirtió en un personaje famoso y respetado en el reino.

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