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El lobo y los siete cabritos

    • Título:El lobo y los siete cabritos
    • Autor:Los hermanos Grimm (Compilador)
    • Ilustradores:Juan Pablo Rojas • Miguel Yein • Omar Ramírez
    • Editorial:Ediciones Culturales Internacionales, S.A. DE C.V.
    • Páginas:1

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Lectura recomendada a partir de los 3 años en adelante…

 

EL LOBO Y LOS SIETE CABRITOS

Había una vez… una orgullosa cabra que vivía en una hermosa casa con sus siete cabritos. Un día mamá cabra tenía que ir de compras pero, antes de salir, les hizo a sus hijitos una importante recomendación:

—Pórtense bien y recuerden que no deben abrirle la puerta a nadie. —Los acarició amorosa—. No olviden que hay un lobo muy malvado merodeando en el bosque.

Y mamá cabra estaba en lo cierto. Mientras le hablaba a sus hijitos, el lobo, con sus orejas puntiagudas, había escuchado la advertencia que les había hecho a los pequeños, así que cuando vio que la cabra se alejaba para hacer sus compras, salió del escondite y se acercó a la casita.

—¡Abran, abran! —decía mientras golpeaba fuerte la puerta—. ¡Soy mamá!

Los cabritos recordaron los consejos de su madre y miraron por debajo de la puerta. Orgullosos de su obediencia le gritaron al lobo:

—¡Ya sabemos quién eres! Nuestra mamá tiene patas blancas y tú las tienes negras y peludas… ¡Vete, lobo malo!

Frustrado por su fracaso, el lobo corrió a un molino cercano y metió las patas en un saco de harina hasta que le quedaron completamente blancas. Presuroso regresó a casa de los cabritos y llamó una vez más a la puerta.

—¡Abran, hijos, soy mamá!

Al escuchar esa voz tan extraña y ronca, los cabritos supieron que no era su mamá la que tocaba la puerta.

—Aunque tienes las patas blancas como mamá —dijeron los cabritos—, su voz es dulce y melodiosa, no como ese vozarrón tan feo y tosco. ¡Vete, lobo malo!

Ante su segundo fracaso el lobo no se dio por vencido y decidió ir de inmediato con el pastelero.

—Quiero que me haga un pastel con muuucha miel —le pidió al hombre—. Así se me va a suavizar la voz —agregó, satisfecho con su idea.

Una vez que terminó de comerse el pastel, le pareció que su voz era más suave. Luego ensayó la voz de la cabra y cuando creyó haberlo logrado corrió de nuevo a la casa de los cabritos.

—¡Abran, abran! ¡Soy mamá! —les dijo con mucha confianza y con la voz más dulce que jamás tuvo—. Les traigo comida sabrosa.

Esta vez los cabritos miraron por debajo de la puerta y vieron las patas blancas como las de la cabra. Convencidos de que era su mamita que había regresado, abrieron la puerta .

Al descubrir que realmente era el lobo y no su mamita quien había llamado a la puerta, los cabritos atemorizados corrieron a esconderse: debajo de la mesa, bajo la cama, en la bodega, en el horno, uno encontró lugar en un barril y otro en una canasta. El cabrito más pequeño se metió en el reloj de péndulo. Uno a uno el lobo los fue atrapando y los metió en una bolsa para más tarde saciar su hambre en medio del bosque; el único que pudo salvarse fue el pequeño cabrito, porque al lobo no se le ocurrió buscar en el viejo reloj.

Cuando regresó mamá cabra y encontró solamente a uno de sus cabritos, lloró desconsolada por la suerte de sus otros hijitos; pero a pesar de la tristeza se armó de valor y con el hijo menor salió a buscar al lobo. Siguió sus huellas por el bosque y de pronto escuchó un ronquido. El lobo, después de haber hecho tanto esfuerzo por capturar a los cabritos, se había quedado dormido del cansancio.

Sin hacer ruido, mamá cabra le quitó la bolsa y uno a uno sacó a sus hijitos mientras les decía:

—¡De prisa, de prisa! ¡No hagan ruido y ayúdenme a traer piedras!

Muy rápido llenaron de guijarros la bolsa y volvieron a colocarla al lado del lobo. Al despertar, el feroz animal levantó la bolsa con dificultad.

—¡Uf, estos cabritos pesan mucho, serán una excelente cena! —exclamó satisfecho.

Antes de ir a casa a saciar su hambre y disfrutar de su triunfo, el lobo fue al río a tomar un poco de agua, pero debido al peso de la bolsa perdió el equilibrio y cayó al agua de donde no volvió a salir. Desde entonces, la cabra y los cabritos vivieron felices en el bosque.

 

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